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Ordenar a los que nos ordenan

De la columna leída podemos rescatar dos conceptos bastante relevantes y complementarios entre si, como lo son la democracia y la ley. El autor (Ralf Dahrendorf) sostiene que cuando se ejerce democracia por si misma, no existe ninguna garantía de quien obtenga el poder sea alguien que se guíe por un pensamiento demócrata. Es más, es bastante probable que quien obtenga el poder base sus acciones (y la aplicación de ese poder) según sus propias convicciones y bajo el amparo de su propia racionalidad. Ejemplos no son pocos, como el ya mencionado régimen Nazi, o como sus símiles en otras partes de Europa en donde bajo acciones democráticas, se termino delegando el poder a un gobierno dictatorial.

Si extrapolamos lo anterior a cualquier tipo de red social, podemos partir analizando que entre muchos individuos siempre tendremos altos costos de transacción para disponer de un orden. Entonces, para hacer más fácil y dinámico el proceso de acción (y simplificar la complejidad social) aumenta el uso de terceros o representantes (agentes) como un mecanismo de orden social, en donde a este agente se le delega un poder para que actúe en función de las necesidades de la comunidad.

Pero, ¿Cómo este agente maneja el poder? Bien, la verdad es que este agente tiene dos opciones a elegir (simplificando lo más posible sus cursos a seguir). El puede usarlo para el bien, o puede usarlo para el mal (en donde no se aplica la regla de que todo gran poder trae consigo una gran responsabilidad). Bueno, la verdad  resulta no ser  tan así de fantástico pero lo que sí resulta ser cierto es que si toda una comunidad se pone de acuerdo para transferirle poder a un tercero (digamos mediante una acción democrática), lo que están haciendo es confiar sus necesidades en alguien (o algo) que posee el suficiente capital social (e incluso físico y económico) para ser escogido como agente. Pero esa confianza puede ser fácilmente quebrantada. Tan simple como que no existe una garantía de que el famoso personaje al que le delegamos el poder sea el idóneo para el cargo (o puede que si lo sea, pero en el transcurso del tiempo sea tentado por el lado oscuro, en fin, se entiende la idea).

Entonces, podemos decir que una comunidad le da el poder supremo (para hacerlo más interesante) a un tercero y este (que surge como un mecanismo de orden) puede hacer lo que se le da la gana (desorden) y ¿no tiene que rendirle cuentas a nadie? (who watch the watchmen?)

Bueno, la sociedad tiene para estos casos su propio seguro de vida (algo así como una súper mágnum de arma secreta) y es la ley (no el grupo). Para dar orden a quien nos debiese dar orden, o para asegurarse de que lo haga la ley se impone como un método efectivo para garantizar que los agentes cumplan con su función o rol. Dado que la ley es un mecanismos creador por y para la sociedad, se ajusta firmemente a las necesidades de estas obligando a los agentes a no transgredirla y a enfocarse a las necesidades (actuar sobre las necesidades y desigualdades en espacio público), resultando como el perfecto ordenador de aquel que nos ordena.

Si bien comparto plenamente la opinión del autor en torno al concepto de que el resultado de una elección de delegación de poder es una actividad que debe ser controlada por la ley para su resguardo (basándome en lo explicado con anterioridad), también puedo entender el posible contra-argumento de que es necesario para ciertas situaciones extremas la existencia de amparos legales que ayuden a aquel que representa el poder delegado (agente) a sortear la ley para hacer más expedita y efectiva la acción de orden (mencionado en la columna). Pero frente a este argumento el mismo autor entrega una respuesta favorable que comparto totalmente. Dejar que el agente este por sobre la ley le da la oportunidad de aprovecharse de esos vacíos nuevamente para su propia conveniencia y no para el resguardo de la propia sociedad.

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