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¿Son irracionales los políticos? ¿Son necesariamente mal intencionados, corruptos e ineptos? Si la respuesta es sí, ¿qué sostiene finalmente a las democracias, acaso son los ciudadanos ingenuos, ciegos, etcétera? Si la respuesta es no, ¿cómo explicamos que la política “falle” tan a menudo? ¿Tiene futuro la política?”

noviembre 12, 2010 1 comentario

PERMITIDME TUTEAROS, IMBÉCILES

Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.

Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.

Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.

Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.

Arturo Pérez-Reverte

 

(Extraído de http://www.votoenblanco.com/Para-critica-a-los-politicos-la-de-Perez-Reverte_a2095.html)

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TEXTO PARA SER COMENTADO POR QUIENES DEBEN HACERLO EN LA ÚLTIMA SEMANA DE OCTUBRE

octubre 20, 2010 2 comentarios
En este post deben comentar el siguiente artículo y reflexionar sobre los límites de la actividad política dentro de cada Estado-Nación en un mundo globalizado

La democracia desconectada

Ralf Dahrendorf

Algo le ha pasado a la democracia, entendida como un gobierno de elección popular, y ese algo ha ocurrido en todo el planeta. Por alguna razón la gente ha perdido la fe en las elecciones.

La participación en los comicios está disminuyendo en muchos países; en el caso de las elecciones al Parlamento Europeo, el nivel es tan risiblemente bajo que pone en cuestión la legitimidad del resultado. Pero, independientemente de la participación, nos hemos acostumbrado a aceptar que los partidos o candidatos que reciben el 25% del voto popular son los “ganadores”. De Holanda a Finlandia, pasando por la Argentina y Japón, los gobiernos se forman con un apoyo minoritario.

Las aparentes excepciones no prueban lo contrario. Pocos presidentes estadounidenses han tenido el apoyo de mucho más del 10% de las personas con capacidad de voto, la mitad de las cuales ni siquiera se ha inscrito para votar y, de quienes sí lo han hecho, la mitad no vota; de aquéllos que votan, menos de la mitad lo hace por el candidato ganador. Incluso la “abrumadora” mayoría de Tony Blair en la Cámara de los Comunes de Gran Bretaña se apoya en terreno inestable: los laboristas recibieron sólo un poco más del 40% de los votos en las elecciones de 2002, que tuvieron un 60% de participación. De modo que sólo el 24% del total del electorado apoyó al partido de Blair.

En la mayoría de los países esto es muy diferente a las elecciones de hace 20 años, por no mencionar las de hace medio siglo. ¿Qué ha ocurrido?

Una respuesta debe ser que los votantes no confían en los partidos políticos. La democracia electoral funciona en la mayoría de los países con la intermediación de organizaciones que proponen candidatos que representan series específicas de opciones de políticas, conocidas como “manifiestos” o “plataformas”. Sin embargo, por varias razones, esta práctica corroborada por el tiempo ya no funciona.

Las plataformas partidarias ideológicas han perdido su fuerza; los votantes no aceptan las series de propuestas ofrecidas por los partidos, sino que desean seleccionarlas y elegirlas ellos mismos. Más aún, los partidos políticos se han convertido en “máquinas”, compuestas por cuadros de “entendidos” altamente organizados. Aquí la paradoja es que los partidos se han hecho más tribales al perder lo que los diferenciaba ideológicamente. Es más importante pertenecer que tener un determinado conjunto de convicciones.

Este curso de desarrollo alejó a los partidos del ámbito de los votantes. Puesto que la mayoría de la gente no desea pertenecer a un partido en particular, el juego de los partidos se convierte en un deporte de minorías. Esto aumenta la suspicacia pública hacia los partidos políticos, no en menor término porque, como pasa con todos los deportes profesionales, este juego es caro de jugar.

Si el costo cae sobre los hombros de quien paga impuestos, éste acusa el golpe. Pero si los partidos no son financiados por el estado, deben buscar fondos de maneras que a menudo son dudosas, cuando no ilegales. Varios de los grandes escándalos políticos de las décadas recientes comenzaron con el financiamiento de partidos y candidatos.

Otros índices (como las nóminas de miembros, en rápido declive) confirman que los partidos se han hecho impopulares. Y, sin embargo, siguen siendo indispensables para la democracia electoral. El resultado es una evidente desconexión entre los actores políticos visibles y el electorado. Puesto que los partidos funcionan en los parlamentos, la desconexión afecta a una de las instituciones democráticas clave. Las personas ya no piensan en los parlamentos como entes que las representan y, por ende, dotados de la legitimidad necesaria para tomar decisiones en su nombre.

En este punto hace aparición un segundo curso de desarrollo, si bien bastante distinto. Los pueblos están más impacientes que nunca. Como consumidores están acostumbrados a una gratificación instantánea. Pero como votantes deben esperar antes de ver cualquier resultado relacionado con la elección que hicieron en las urnas. Algunas veces nunca ven los resultados deseados. La democracia necesita tiempo, no sólo para las elecciones, sino para la deliberación y el ejercicio de las fiscalizaciones y equilibrios. El votante-consumidor, no obstante, no acepta esto y por lo tanto se aleja.

Hay alternativas, pero cada una plantea sus propios problemas como solución democrática. La acción directa mediante manifestaciones se ha convertido en un medio recurrente y, a menudo, eficaz. Para quienes tienen problemas para desplazarse está la opción de hacer llegar sus opiniones por medios electrónicos, desde salas de conversación de Internet a mensajes de correo electrónico a los líderes políticos. Y luego están las organizaciones no gubernamentales, a menudo no democráticas en sus propias estructuras y sin embargo, según parece, estrechamente ligadas a los ciudadanos. Por supuesto, más allá de todo esto está la posibilidad de desconectarse totalmente y dejar la política a los profesionales, para concentrarse en otras dimensiones de la vida.

Esta última postura es la más riesgosa, ya que da sustento al autoritarismo en ciernes que es el signo de nuestra época. Pero los otros signos de desconexión también crean una situación altamente inestable, en la que nunca se puede saber cuán representativas son las opiniones predominantes. Algunos quieren terminar con todo este enredo mediante una democracia más directa. Pero no es posible crear conexiones duraderas entre los líderes y los gobernados mediante la reducción del debate público a simples alternativas de referendos.

Hay mucho que decir en favor de mantener las instituciones clásicas de la democracia parlamentaria y tratar de reconectarlas con la ciudadanía. Después de todo, la impopularidad de los partidos y la caída de la participación electoral pueden no ser más que fenómenos pasajeros. Puede que surjan nuevos partidos que insuflen aire fresco a las elecciones y al gobierno representativo. Pero es probable que esto no sea suficiente para restituir la legitimidad popular que los gobiernos electos han perdido. De modo que volver a pensar en la democracia y sus instituciones debe ser una prioridad fundamental para todos quienes aprecian y valoran las formas de organización que garantizan la libertad.

Ralf Dahrendorf, autor de varios libros afamados, es miembro de la Cámara Inglesa de los Lores, ex Rector de la Escuela de Economía de Londres y, además, ex Director del Colegio de St. Anthony, Oxford.

Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, mayo de 2003.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

En este post, quienes tienen como fecha de entrega del posteo el 18 y el 20 de Octubre, deben comentar el siguiente artículo y reflexionar sobre los límites del Estado-Nación en un mundo globalizado.

TRIBUNA: ALAIN TOURAINE

La crisis dentro de la crisis

Si no encontramos palabras que rompan el silencio y acciones que nos saquen de la parálisis, la crisis será el destino de Occidente. La pasividad y la resignación no son solo consecuencias, sino causas profundas

No somos economistas, pero intentamos comprender. Vemos una sucesión de crisis -financiera, presupuestaria, económica, política…-, definidas todas ellas por la incapacidad de los Gobiernos para proponer otras medidas que no sean esas denominadas “de austeridad”. Hay, finalmente, una crisis cultural: la incapacidad para definir un nuevo modelo de desarrollo y crecimiento. Cuando sumamos todas estas crisis, que duran ya cuatro años, nos vemos obligados a preguntarnos: ¿existen soluciones o vamos ineluctablemente hacia el precipicio, sobre todo respecto a países como China o Brasil?

Ni los economistas ni los Gobiernos a los que aconsejan han logrado otra cosa que ralentizar la caída. Consideremos, pues, tres crisis: la financiera, la política y la cultural.

2009. La financiera es la que mejor conocemos en su desarrollo, incluida su preparación, a partir de los años noventa, mediante crisis sectoriales o regionales y “burbujas” como la de Internet, o, más tarde, escándalos como el de Enron. Todo esto, junto con el caso Madoff y, sobre todo, el hundimiento del sistema bancario en Londres y Nueva York, en 2008, nos colocó al borde de una situación excepcionalmente grave. Entonces descubrimos la existencia de un segundo sistema financiero que obtiene beneficios de miles de millones de dólares para los directivos de los hedge funds y también para los grandes bancos y sus traders más hábiles. Este segundo sistema financiero no tiene ninguna función económica y solo sirve para permitir que el dinero produzca más dinero. ¿Por qué no hablar aquí de especulación?

Estupor. Después de tantos años de fe en el progreso, de resultados económicos muy positivos y de una multiplicidad sin precedentes de nuevas tecnologías, la economía occidental revela una búsqueda del beneficio a toda costa, una pulsión de latrocinio y corrupción. Gracias al presidente Obama y a los grandes países europeos, se evitó la catástrofe. Pero, desde entonces, la situación no se ha enderezado. Ha sido en Reino Unido donde la catástrofe ha tenido los efectos más destructivos; por eso es también en ese país donde el nuevo Gobierno puede imponer a unos bancos de facto nacionalizados las medidas de control más fuertes.

La izquierda ha perdido el poder en Reino Unido y ha pasado a ser minoritaria en una España abrumada por las consecuencias de la crisis. España había decidido apostar su futuro económico a las cartas del turismo y la construcción, y ha sufrido un choque violento. Su tasa de paro subió hasta el 20% y los españoles le han retirado su confianza a Zapatero, aunque su rechazo hacia el PP de Rajoy es aún más fuerte. Es el ejemplo extremo de una crisis que, como en los demás lugares, no genera propuestas económicas ni sociales nuevas.

Tras la catástrofe de 1929, los estadounidenses llevaron al poder a Franklin D. Roosevelt, que lanzó su new deal. En 1936, Francia recuperó su retraso social con las leyes del Frente Popular. Hoy, silencio, vacío, nada. Los países occidentales no parecen capaces de intervenir sobre su economía. Los economistas responden a menudo que estas críticas no llevan a ningún lado y que las Casandras no hacen sino agravar las cosas. Es falso: Casandra tiene razón, nadie propone una solución.

2010. Las crisis se amplían y se hacen más profundas. En Europa, de forma más visible, pero también en Estados Unidos. El hundimiento de Grecia, evitado en el último momento y después de perder mucho tiempo, ha revelado que la mayoría de los países europeos, incluidos algunos del Este, como Hungría, estaban en plena caída. Su déficit presupuestario resta cualquier realidad al pacto que quería limitarlo al 3% del presupuesto del Estado. La deuda pública se dispara y sabemos que la situación actual implica una reducción del nivel de vida de las próximas generaciones. Ya ni siquiera se habla de “política de recuperación”, sino de “rigor” y “austeridad”, lo que conduce a muchos Gobiernos a reducir los gastos sociales. Esto se puede ver en Francia, cuyo Gobierno quiere una reforma de las pensiones. El retroceso del trabajo con respecto al capital en el reparto del producto nacional aumenta y acrecienta las desigualdades sociales.

De nuevo, se trata de una crisis política. La ausencia de movilización popular, de grandes debates, incluso de conciencia de lo que está en juego, todo ello revela una impotencia cuya única ventaja es que nos mantiene alejados de efectos, como la llegada de Hitler al poder, de la crisis de 1929. Pero este vacío aparece cada vez más como la causa profunda de la crisis que como su consecuencia. Ante la implosión del capitalismo financiero, los países occidentales son incapaces de enderezar, e incluso de analizar, la situación. Las poblaciones sufren, pero lo que ocurre en la economía permanece al margen de su experiencia vital. La globalización de la economía ha roto los lazos entre economía y sociedades, y las políticas nacionales han perdido casi cualquier sentido. Hasta los movimientos de opinión más originales, como Move on y Viola, se sitúan en un plano más moral que económico y social. La nave de los locos occidentales se hunde en las crisis mundiales, pero la extrema derecha de los tea parties estadounidenses solo quiere la piel de Obama, acusado de ser musulmán, mientras que la extrema izquierda italiana quiere antes que nada la piel de Berlusconi, que merece ciertamente una condena que la oposición de izquierda no es capaz de obtener proponiendo otro programa.

¿Y qué viene después de 2010? Seguimos subestimando la gravedad y el sentido del silencio general. Hay que cambiar de escala temporal para comprender unos fenómenos cuyo aspecto más extraordinario es que nadie parece ser consciente de ellos.

Hay que interrogarse sobre Occidente. Desde mediados de la Edad Media, Occidente creó un modelo diferente a todos los demás, y lo hizo concentrando todos los recursos, conocimientos, poder, dinero e incluso apoyo de la religión en manos de una élite triunfante. Así creó monarquías absolutas poderosas y, luego, el gran capitalismo. Pero al precio de la explotación de todas las categorías de la población, desde los súbditos del rey hasta los asalariados de las empresas, y desde los colonizados hasta las mujeres. Este modelo occidental se basó también en las luchas entre Estados, que terminaron transformándose en guerras mundiales y totalitarismos que ensangrentaron Europa. En el plano social, la evolución fue inversa. Poco a poco, los que estaban dominados se fueron liberando a fuerza de revoluciones políticas y movimientos sociales. Y los países de Occidente conocieron algunas décadas de mejoría de la vida material, de grandes reformas sociales y de una extraordinaria abundancia de ideas y obras de arte. Pero fue un verano corto y Europa se encontró sin proyectos, sin capacidad de movilización y, sobre todo, incapaz de elaborar un nuevo modo de modernización opuesto al que dio forma a su poder, y que no puede reposar sino en la reconstrucción y la reunificación de sociedades polarizadas durante tanto tiempo.

El gran capitalismo acaba de mostrar de nuevo su incapacidad de autorregularse, y el movimiento obrero está muy debilitado. Ya no hay pensamiento en las derechas en el poder. La única gran tendencia de la derecha es la xenofobia; la única gran tendencia de la izquierda es la búsqueda de una vida de consumo sin contratiempos.

No nos dejemos arrastrar a una renuncia general a la acción. Existen fuerzas capaces de enderezar la situación. En el plano económico, la ecología política denuncia nuestra tendencia al suicidio colectivo y nos propone el retorno a los grandes equilibrios entre la naturaleza y la cultura. En el plano social y cultural, el mundo feminista se opone a las contradicciones mortales de un mundo que sigue dominado por los hombres. En el terreno político, la idea novedosa es, más allá del gobierno de la mayoría, la del respeto de las minorías.

Ni nos faltan ideas ni somos incapaces de aplicarlas. Pero estamos atrapados en la trampa de las crisis. ¿Cómo hablar de futuro cuando el suelo se abre a nuestros pies?

Pero nuestra impotencia económica, política y cultural no es consecuencia de la crisis, es su causa general. Y si no tomamos conciencia de esta realidad y si no encontramos las palabras que rompan el silencio, la crisis se profundizará aún más y Occidente perderá sus ventajas. Entonces será demasiado tarde para intentar atenuar una crisis que ya se habrá convertido en destino.

Alain Touraine es sociólogo. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

Extraído de http://www.elpais.com/articulo/opinion/crisis/dentro/crisis/elpepiopi/20100926elpepiopi_13/Tes

Democracia sin demócratas. Por Ralf Dahrendorf

septiembre 20, 2010 3 comentarios

(Este texto debe ser comentado por quienes tienes como fecha para postear el 27 y el 29 de Septiembre)

El filósofo Karl Popper tenía buenas razones para proponer una definición precisa del concepto “democracia”. La democracia, decía, es un modo de sacar a quienes están en el poder sin derramamiento de sangre. El método preferido de Popper era, por supuesto, depositar los votos en las urnas.

La definición de Popper evita disputas teológicas acerca del “gobierno del pueblo” y si una cosa así puede existir realmente. También permite ahorrarnos el intento de pegar en la definición toda clase de objetivos deseables, como la igualdad en términos sociales y técnicos, una teoría general del proceso efectivo de la “democratización”, o incluso un conjunto de virtudes cívicas relacionadas con la participación.

Pero la definición que Popper da de la democracia no es útil cuando se plantea una pregunta que se ha convertido en tema recurrente en varias partes del mundo: ¿qué pasa si quienes salen del poder creen en la democracia, mientras que quienes los reemplazan no? En otras palabras, ¿qué pasa si la gente “errada” resulta electa?

No faltan ejemplos. En Europa, partidos de dudosos antecedentes democráticos han tenido buenos resultados en los últimos años: Jörg Haider en Austria, Christoph Blocher en Suiza, Umberto Bossi en Italia, Jean-Marie LePen en Francia… la lista es larga. En el mejor de los casos, las victorias electorales de estos grupos hacen difícil la formación de gobiernos responsables; en el peor de los casos, son el preludio de movimientos activamente antidemocráticos capaces de obtener una mayoría en las elecciones.

Esto es lo que ha ocurrido o está ocurriendo en varias partes del mundo. Hay dos ejemplos recientes que destacan. Uno se encuentra en los países poscomunistas de Europa del este y del sudeste, de los cuales una sorprendente cantidad ha elegido a miembros de la vieja nomenklatura bajo una nueva apariencia.

El caso más extremo es Serbia, donde una gran parte del electorado dio sus votos a hombres con juicios pendientes en La Haya por crímeres de guerra. El otro ejemplo es Irak. ¿Qué pasa si el sueño americano de llevar la democracia a ese aproblemado país termina en una situación en que los ciudadanos eligen que los gobierne un movimiento fundamentalista?

El solo pensar en ejemplos como estos nos lleva a la clara conclusión de que la democracia no se trata meramente de elecciones. De hecho, por supuesto, los primeros partidarios de la democracia tenían todo tipo de cosas en mente. Por ejemplo, John Stuart Mill consideraba la “nacionalidad”, una sociedad cohesiva dentro de fronteras nacionales, como una precondición para la democracia.

Otra precondición para Mill era la capacidad y el deseo de los ciudadanos de elegir de manera informada y ponderada. Hoy ya no damos por hecho la existencia de tales virtudes. Probablemente eran ejercidas por una minoría, incluso en la época en que Mill escribió acerca del gobierno representativo.

Hoy la democracia tiene que significar “democracia más algo”, pero ¿qué es ese algo? Hay algunas medidas técnicas que se pueden tomar, como prohibir a los partidos y candidatos que hacen campaña contra la democracia, o cuyos antecedentes democráticos sean insuficientes.

Esto funcionó en la Alemania de posguerra, pero en ese caso fue con la ayuda de los traumáticos recuerdos del nazismo y la relativa debilidad de los movimientos antidemocráticos. Un ejemplo más relevante bien puede ser Turquía, en donde los movimientos islamistas fueron disueltos por las cortes y, cuando reaparecieron con otro disfraz, tuvieron que pasar por severas pruebas.

Sin embargo, es fácil ver los problemas: ¿quién juzga la idoneidad de los candidatos y cómo se hacen cumplir tales juicios? ¿Que ocurre si la base de apoyo de un movimiento antidemocrático es tan fuerte que la supresión de su organización genera violencia?

En cierto sentido, sería mejor dejar que tales movimientos lleguen al gobierno y esperar que fracasen, como ha ocurrido con la mayoría de los actuales grupos europeos de raigrambre antidemocrática. Pero eso es demasiado riesgoso. Cuando Hitler llegó al poder en enero de 1933, muchos (si no todos) los demócratas alemanes pensaron: “¡Dejémosle hacer! Pronto quedará al descubierto por lo que es y, sobre todo, por lo que no es”. Pero el tiempo es relativo: “pronto” llegó a significar doce años que incluyeron una guerra salvaje y el Holocausto.

Por tanto, los ciudadanos activos que defienden el orden liberal deben ser su salvaguarda. Pero hay otro y más importante elemento que proteger, el imperio de la ley.

Imperio de la ley no es lo mismo que democracia, ni son elementos que necesariamente se garanticen mutuamente. El imperio de la ley es la aceptación de que las leyes dictadas no por alguna autoridad suprema, sino por la ciudadanía, rigen para todos: quienes están en el poder, los que están en la oposición y quienes están fuera del juego del poder.

El imperio de la ley es la característica más sólida de Turquía en la actualidad. Con razón ha sido el principal objetivo del Alto Representante para Bosnia, Paddy Ashdown. Es algo que se debe defender; las así llamadas “leyes de excepción” que suspenden el imperio de la ley son la primera arma de los dictadores. Pero es más difícil usar el imperio de la ley para socavar la ley que usar las elecciones populares contra la democracia.

“Elecciones más algo” significa, por lo tanto, democracia más imperio de la ley. A riesgo de ofender a varios amigos que son demócratas convencidos, he llegado a la conclusión de que el imperio de la ley viene primero cuando un país anteriormente regido por una dictadura se dota de una constitución y la obedece, y después viene la democracia. Los jueces independientes e incorruptos son aún más influyentes que los políticos elegidos con grandes mayorías. ¡Afortunados los países que poseen ambas autoridades, y que las estimulan y protegen!

Ralf Dahrendorf, autor de varios libros afamados, es miembro de la Cámara Inglesa de los Lores, ex Rector de la Escuela de Economía de Londres y ex Director del Colegio de St. Antony, Oxford.

Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, enero de 2004.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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septiembre 13, 2010 1 comentario

ESTE TEXTO DEBE SER COMENTADO POR QUIENES TIENEN COMO FECHA DE ENTREGA EL 22 O EL 24 DE SEPTIEMBRE

El nuevo mall

08.23.2010 | 1 Comments

Publicado en La Tercera domingo 22 de agosto de 2010
El 6 de junio los vecinos del sector de Martín de Zamora rechazaron, por una abrumadora mayoría, la construcción del mall Jardines de Colón. No es de extrañar. La época de oro de los megaproyectos -en la cual el territorio sobre el cual caían estas intervenciones era una tabula rasa- ha terminado. Hoy las comunidades, más aún si son de altos ingresos, exigen calidad, compensaciones y, sobre todo, ser incorporadas en el diseño, implementación y gestión de los proyectos. Porque a diferencia de lo que muchos puedan pensar, detrás de los rechazos no se esconde una muchedumbre ciega de irracionalidad. Por el contrario, se trata de ciudadanos muy bien organizados que cuentan con (o se hacen de) sofisticadas experticias legales, comunicacionales y técnicas.
Será, por tanto, cada vez más difícil instalar malls en Santiago. Al menos que se innove en el modo como se diseñan e implementan estas intervenciones en la ciudad. ¿Qué tienen que hacer los malls para volver a ser aceptados? Hay, evidentemente, innovaciones inmobiliarias y propias de la industria que deben realizarse y que, de hecho, ya empiezan a brotar en Santiago. Por ejemplo, y siguiendo el modelo de los strip centers, los malls tendrán que rebajar su escala, pasando de malls regionales o metropolitanos a la figura de los “malls de barrio”. Esta reducción obligará, también, a repensar la oferta de servicios. Las grandes tiendas anclas y los comercios genéricos tendrán que dar paso a servicios y ofertas comerciales de nicho y mucho más enfocadas a las necesidades y perfiles socioculturales de los barrios de llegada. Por último, los malls tendrán que volverse más complejos. La tendencia en Estados Unidos es diseñar los malls como nodos urbanos que integran comercio, vivienda y oficinas. Ojalá, además, ubicados en zonas caminables y con buena accesibilidad a transporte público.
Pero estas innovaciones inmobiliarias no eliminarán, por sí solas, el rechazo comunitario. Para esto se requiere algo bastante más complicado, el verdadero desafío de la industria: incorporar, de forma real, a los vecinos en los proyectos. La industria tendrá que reinventar sus prácticas de participación ciudadana. Los trípticos informativos, las reuniones vecinales y las negociaciones (a puertas cerradas) con los líderes locales ya no bastarán. Los ciudadanos cada vez más empoderados, organizados y expertos ya no querrán ser sólo informados. Ni siquiera les bastará con que los encargados de los proyectos promuevan reuniones de diálogo. Los vecinos querrán coproducir: ser parte de los diagnósticos, estar involucrados en el diseño y en las soluciones, definir contenidos y fijar las compensaciones. Querrán, en definitiva, que la industria deje de tratarlos como una impersonal y abstracta ‘demanda’ o, en el mejor de los caos, como obtusos contrincantes con quienes hay que consensuar para reconocerlos como colectivos con capacidad para decidir, priorizar y diseñar.
Volvamos al fallido mall Jardines de Colón. ¿Qué hubiese pasado si sus expertos, además de encargar informes técnicos, hubiesen desarrollado un proceso de consulta ciudadana amplio y sistemático para eleborar un diagnóstico compartido del barrio y sus necesidades? ¿Y si se hubiesen utilizado nuevas tecnologías (foros online, votaciones vía SMS, diseños participativos) para abrir el proceso a toda la comunidad? ¿Y qué habría sucedido si de ese proceso hubiese nacido una comisión vecinal para trabajar codo a codo con los arquitectos en el diseño del inmueble y su entorno? ¿O codo a codo con los ingenieros comerciales viendo cómo compatibilizar la rentabilidad de la inversión con las necesidades específicas de la comunidad? Hubiese resultado, por descontado, un diseño bastante más caro. Pero con toda seguridad, hoy Cencosud estaría celebrando la aprobación del proyecto, y lo más ?importante, junto a los vecinos y sin necesidad de un plebiscito.
La incorporación de los usuarios, beneficiados o afectados en el diseño de procesos sociotécnicos,irá creciendo. Y no sólo en la industria inmobiliaria. La incorporación de los pacientes -transformados en cuasi-expertos gracias a internet- en la codefinición de los tratamientos, es una de las grandes revoluciones en la industria médica. El sector inmobiliario y del retail debiese tomar nota. Si quieren que los malls sean de nuevo aceptados por los santiaguinos deberan repensar no sólo qué es un mall, sino también cómo -y con quién- estas intervenciones urbanas se hacen.

Judicialización de problemas sociales y políticos

Por Andrés Amunátegui , La Segunda

(02.10.2008)

Hoy la judicialización de los fenómenos de conflicto social es creciente. Aquellos que naturalmente están llamados a resolverlos optan por delegarlos a este poder del Estado, pues no quieren asumir los costos políticos que la decisión conlleva. El derecho a la vida, la paz social, la persona humana, la corrupción —entre otros— encuentran diversas posiciones en la sociedad y muchas veces son los temas de fondo que están detrás de casos concretos que despiertan el interés ciudadano.

En ocasiones, la autoridad política decide entregar su solución al Poder Judicial, cuyos miembros se ven en la encrucijada de resolver acerca del origen de la vida humana, juzgar la historia política pasada, definir el concepto de familia, etc. Y frente a este escenario, ¿es posible pensar que el juez hará abstracción de sus convicciones más íntimas, de su propia ideología, de su idea sobre la vida, la verdad, la justicia, al momento resolver la cuestión controvertida? ¿No se sentirá ese juez llamado y facultado a declarar aquello que ni el legislador ni el poder político pudieron o quisieron decidir?

Se trata de asuntos en los que el criterio contenido en la ley se muestra insuficiente como herramienta de decisión, porque escapa a ella.
Necesariamente el juez deberá recurrir a principios, a la evolución de ciertas instituciones, a una visión antropológica del hombre, armonizando el orden jurídico de origen legislativo con las ideas dominantes de lo que es justo y equitativo. ¿Es éste el papel del juez?

Nos parece que estas herramientas en manos del juez para resolver asuntos que movilizan a la comunidad constituyen un peligro de difícil control, que bien puede desencadenar un gobierno judicial, que no se somete a los frenos y contrapesos del sistema político.

Las distinciones entre ley y derecho, seguridad y justicia, sistema legal y ordenamiento jurídico nos muestran la necesidad de contar con magistrados abiertos a la interpretación, a la adecuación de la norma a los hechos, a la utilización de los principios generales, de la equidad natural, en la búsqueda de la solución de un conflicto concreto entre partes; pero no pueden reemplazar a la comunidad que se expresa a través de sus representantes u órganos intermedios en la definición de aquellos temas que fijan el modo de ser de una nación.

(Extraído de http://www.todopolitica.cl/?fecha=2008-10-02&post=860)

En defensa de la justicia internacional

Por Jorge Castañeda

Extraído de http://www.project-syndicate.org/commentary/castaneda22/Spanish

CIUDAD DE MÉXICO – Poco después de que ocupara mi cargo de Ministro de Asuntos Exteriores de México en 2001, me encontré en mi escritorio con un problema inusitado. Un oficial naval argentino, que se había instalado en México con nombre falso, era buscado por España con las acusaciones de genocidio, torturas y terrorismo. El oficial, Ricardo Miguel Cavallo, estaba implicado en violaciones cometidas en 1977 y 1978 en la tristemente famosa Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires. Según el acta de acusación español, Cavallo pertenecía a la unidad de operaciones de un grupo que participó activamente en el secuestro y las torturas de personas a las que el régimen consideraba izquierdistas.

La cuestión que se me planteaba era la de si extraditar a Cavallo a un país tercero, España, para que fuera juzgado por violaciones de los derechos humanos cometidas en la Argentina. La firma de aquellos documentos representaría una innovación, pues indicaría por primera vez que los presuntos violadores de derechos podrían ser procesados en cualquier parte del mundo en los casos en que no fuera probable que la justicia cayera sobre ellos en su país.

Para mí, la decisión fue sencilla: los crímenes exigían justicia y era más probable que se pidiesen cuentas a Cavallo en España que en la Argentina. En aquella época, la legislación de amnistía en la Argentina lo protegía contra el procesamiento, conque firmé los documentos relativos a su extradición.

Desde entonces, se han logrado muchos avances para velar por que los delitos más graves del mundo dejen de quedar impunes. La Corte Internacional de Justicia está funcionando y 107 Estados, incluido México, han ratificado el tratado por el que se creó la Corte y han aceptado su jurisdicción.

Los tribunales nacionales, como, por ejemplo, los de España, desempeñan un papel cada vez mayor en la lucha contra la impunidad mediante el ejercicio de la jurisdicción universal. El aumento de esos tipos de procesamientos ha motivado, a su vez, a los países, incluidos Chile y la Argentina, para abrogar su legislación de amnistía a fin de que se pueda juzgar en sus países a presuntos criminales de guerra. Los juicios a Slobodan Milosevic y a Charles Taylor han demostrado que incluso los jefes de Estado han dejado de estar a salvo de procesamientos. A medida que aumentan las opciones de procesamiento, se va reduciendo el grado de comodidad para los perpetradores de esos crímenes.

Ahora la cuestión de si el avance en esa lucha contra la impunidad continúa o retrocede está en manos del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El pasado 14 de julio, el fiscal de la CIJ, el abogado argentino Luis Moreno Ocampo, anunció que iba a solicitar una orden judicial de detención para el Presidente del Sudán, Omar al-Bashir, por haber orquestado las atrocidades de Darfur. Inmediatamente después del anuncio, el Gobierno del Sudán y sus aliados iniciaron una campaña diplomática encaminada a lograr un aplazamiento de la investigación durante doce meses. Están consiguiendo más apoyo del que deberían… en parte por el miedo a que haya represalias contra el personal de mantenimiento de la paz y los agentes humanitarios de las Naciones Unidas.

Pero el Consejo de Seguridad debe ser extraordinariamente prudente al examinar posibilidad alguna de suspender las actuaciones de la CIJ. Semejante decisión sería un grave revés para el movimiento encaminado a acabar con la impunidad de los más graves crímenes. Indicaría que los señores de la guerra y los dictadores procesados pueden eludir la justicia manteniendo como rehén al Consejo de Seguridad mediante amenazas de una mayor violencia.

Suspender de ese modo la labor de la CIJ socavaría su capacidad disuasoria, uno de los fines para los que fue creada. Aplazar la causa contra al-Bashir socavaría gravemente el importante principio, que ha ido arraigando gradualmente en el mundo, de que nadie está por encima de la ley.

La decisión del Consejo de Seguridad de remitir la situación en Darfur al fiscal de la CIJ en marzo de 2005 fue un importante hito en la lucha contra la impunidad. Dicha decisión demostró por primera vez que había una institución que podía investigar los más graves crímenes internacionales y procesar a sus autores, independientemente del lugar en que se cometieran.

Aparte de ser una victoria para la justicia internacional, esa remisión fue también una promesa a las víctimas de crímenes horripilantes en Darfur de que quienes los habían perpetrado contra ellas habrían de rendir cuentas un día. La decisión del Consejo de Seguridad de renunciar a ese compromiso equivaldría a algo más que abandonar a las víctimas de Darfur. Sería un importante golpe a quienes han luchado en todo el mundo con vistas a acabar con la impunidad para los perpetradores de los más terribles crímenes contra la Humanidad.

Jorge G. Castañeda, ex ministro de Asuntos Exteriores de México (2000-2003), es profesor distinguido mundial de Política y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York.

Copyright: Project Syndicate, 2008.
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Traducido del inglés por Carlos Manzano,